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Argentina ante el mundo: macro, comercio y producción, ¿juntos o separados?

De FUNDACION ICBC | Biblioteca Virtual

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Ana Basco, Serindustria, 7 de abril de 2026

En un mundo atravesado por tensiones geopolíticas, guerras y una creciente fragmentación del comercio internacional, Argentina vuelve a plantearse una pregunta recurrente: cómo insertarse en la economía global sin poner en riesgo su estructura productiva. La apertura económica en curso parece ir en la dirección correcta, pero el ritmo y las condiciones bajo las cuales se está llevando adelante abren interrogantes que no pueden ser ignorados.

Los datos recientes del INDEC muestran que el comercio exterior argentino comenzó a recuperarse tras el impacto de la sequía de 2023. A lo largo de 2025 y en los primeros meses de 2026, las exportaciones evidenciaron una mejora interanual significativa, impulsadas por la normalización del agro y, cada vez más, por el dinamismo del sector energético. El superávit comercial reapareció como resultado de este rebote exportador y de una administración más ordenada del frente externo.

Sin embargo, detrás de esta mejora agregada se esconde una dinámica más compleja. La economía argentina parece moverse a dos velocidades. Por un lado, los sectores vinculados a recursos naturales —energía, minería y agroindustria— muestran un desempeño robusto, beneficiados por sus propias condiciones de competitividad, por la demanda global y por tendencias estructurales como la transición energética. Por otro, buena parte de la industria enfrenta crecientes dificultades para competir, tanto en el mercado interno como en el mercado externo.

El problema no es solo la apertura, sino las condiciones en las que esta ocurre. La apreciación cambiaria, en un contexto de estabilización macroeconómica, reduce la competitividad de amplios sectores productivos. A esto se suma una estructura de costos que sigue siendo elevada. La presión tributaria no solo es alta, sino que está mal diseñada: los impuestos se acumulan en cascada a lo largo de la cadena productiva, penalizando especialmente a los sectores que buscan agregar valor. Exportar manufacturas o servicios sofisticados desde Argentina sigue siendo, en muchos casos, más difícil que exportar commodities.

La infraestructura tampoco ayuda. Los costos logísticos siguen siendo significativamente superiores a los de países competidores. El peso del transporte por camión, la baja participación del ferrocarril y los cuellos de botella en puertos y accesos encarecen la inserción internacional. En paralelo, los avances en facilitación del comercio, si bien relevantes, aún no logran resolver problemas básicos de interoperabilidad, duplicación de procesos y tiempos administrativos.

En este contexto, la apertura comercial puede convertirse en un arma de doble filo. Mientras algunos sectores logran integrarse al mundo, otros quedan expuestos a una competencia internacional para la cual no están preparados. El riesgo no es menor: una desindustrialización acelerada en un momento en que el resto del mundo está redoblando esfuerzos para fortalecer sus capacidades productivas.

Porque, a diferencia de lo que ocurría hace dos décadas, hoy las principales economías no están apostando a la apertura irrestricta. Estados Unidos, Europa y China están desplegando políticas industriales, protegiendo sectores estratégicos y utilizando el comercio como herramienta de poder. En ese escenario, se necesita una estrategia de apertura mejor secuenciada y alineada con las capacidades productivas del país.

Al mismo tiempo, el conflicto en Medio Oriente plantea retos y oportunidades concretas. Por un lado, ya está generando impactos en términos de inflación por el aumento del precio del petróleo, sumado al posible incremento en el costo de los fertilizantes, los cuales impactan directamente en agro, y ya algunas organizaciones internacionales como la FAO y la OMC hablan de un posible cisne negro, con impactos sustantivos en el corto y mediano plazo. Pero en el mediano plazo, nuestro país puede verse beneficiado por el incremento en la demanda de petróleo y gas.

En este marco, los acuerdos comerciales adquieren una relevancia estratégica. El acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea representa una oportunidad concreta para el sector agroindustrial, que podría acceder a uno de los mercados más sofisticados del mundo. Pero no se trata de un acceso automático. Europa impone estándares ambientales, sanitarios y de trazabilidad cada vez más exigentes. Cumplir con esas condiciones será tan importante como aprovechar la reducción de aranceles. Y en una Argentina donde los organismos de control como el SENASA, INTA e INTI se encuentran con limitaciones presupuestarias, el cumplimiento normativo se presenta como un desafío adicional. Las empresas tienen que ser acompañadas por el sector público en este nuevo contexto, tal como lo hace Europa con sus empresas. Sino el riesgo de impactos negativos en nuestro país y de no aprovechamiento serán significativos.

Por otro lado, el reciente acuerdo con Estados Unidos abre nuevas posibilidades, aunque también plantea desafíos. Argentina hoy participa de manera marginal en ese mercado —menos del 1% de sus importaciones agroindustriales— y el acuerdo podría mejorar ese posicionamiento, por ejemplo, a través de la ampliación de cuotas para carne bovina y la reducción de aranceles en determinados productos. No se trata, entonces, de una apertura equivalente, sino de una inserción bajo reglas que reflejan el nuevo contexto global: acuerdos menos simétricos, más condicionados y crecientemente atravesados por la lógica de poder.

La inserción internacional de Argentina, por lo tanto, no puede pensarse solo en términos de apertura o cierre. La discusión es más sofisticada. Se trata de definir una estrategia que permita aprovechar las oportunidades del contexto global sin destruir todas las capacidades productivas internas.

Abrirse al mundo es necesario. Pero hacerlo sin resolver los problemas de competitividad, sin invertir en infraestructura, sin modernizar el sistema tributario y sin fortalecer la facilitación del comercio puede generar más costos que beneficios.

Porque en el comercio internacional actual ya no alcanza con exportar más. Lo que está en juego es cómo se inserta un país en un mundo que dejó de ser neutral y pasó a ser profundamente estratégico. Y en ese proceso, hay un límite que no puede cruzarse: la destrucción abrupta del tejido productivo. Las capacidades industriales, las cadenas de valor y el entramado de PyMES no se reconstruyen rápidamente una vez que se pierden. Por eso, la apertura es el camino, pero no puede avanzar a cualquier velocidad ni bajo cualquier condición. Debe ser mejor calibrada en sus tiempos y sectores, porque el costo de hacerlo de manera desordenada no es solo económico, es también estructural.

Ana Basco es Directora de Insight LAC.

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