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Argentina y la nueva globalidad

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Marcelo Elizondo, Clarín, 7 de junio de 2020

Entramos ya en el tránsito hacia al trigésimo aniversario del Mercosur (a partir del Tratado de Asunción). A la vez, en junio celebraremos el primer año desde la firma del (aún pendiente) acuerdo ente el bloque y la Unión Europea. Y todo esto ocurre pocos días después de una zaga que comenzó con una declaración de la presidencia del bloque que informaba que Argentina no continuaría participando de negociaciones comerciales con terceros mercados, que fue sucedida por una manifestación de la Cancillería Argentina aclarando que se mantendría en el ejercicio de su derecho en la mesa grupal aunque advirtiendo que la protección del mercado interno tendrá una relevancia relativa mayor en ese rol.

Algo hace ruido hoy en el Mercosur. Brasil, Uruguay y Paraguay simpatizan con la reducción del alto arancel externo común (una alícuota que representa casi 3 veces el promedio mundial) y propugnan acuerdos con otros bloques o países (acuerdos que en el mundo ya son más de 300 y amparan más de la mitad del comercio transfronterizo).

Esa búsqueda tiene razones: de la veintena de bloques comerciales regionales que existen en el planeta (reconocidos por OMC) el Mercosur es el que menores exportaciones en relación con su producto bruto genera: menos de 15%, contra un promedio mundial de más de 30% y con casos de relevante internacionalidad como Asean (51,1%), Unión Europea (51%), Liga Árabe (45%) o Alianza del Pacifico (33%). Y esto se relaciona con nuestra propia condición nacional: somos uno de los 15 países del mundo con menos exportaciones en relación al PBI.

Ahora, dados los raros nuevos tiempos enfrentamos una disyuntiva múltiple: por un lado preguntándonos si es preferible más inserción externa o más autonomismo; y por el otro tratando de entender hacia donde irá la economía transnacional después de la pandemia de 2020.

En relación con esto ultimo debe advertirse que hasta hoy la economía internacional había alcanzado un nivel de transaccionalidad difícil de ser revertido en alto grado sin pagar fuertes costos: el comercio transfronterizo (aun amesetado hace algunos años) representa 30% del producto global (y 70% del mismo ocurre dentro de cadenas de producción) y el stock de inversión extranjera directa (aun ya sin flujos crecientes) equivale a más del 35% del producto mundial y es plataforma de intercambios comerciales regulares (un tercio del producto mundial es generado por multinacionales).

Por ello un proteccionismo vigoroso era más factible hace 50 años cuando afectaba meras relaciones comerciales, pero hoy es más difícil porque debería detener cadenas de producción complejas.

Sin embargo, lo más probable es que en adelante ocurra un doble ajuste: que no crezca ya con bríos (o aun que en algo decrezca) la internacionalidad convencional pero que -a la vez- se acelere la incremental trasnacionalidad de la economía del conocimiento (principal insumo de la producción) y de los servicios (cuyo comercio internacional creció en los últimos 15 años 60% más que el comercio interestatal de bienes).

Las cualidades de los procesos productivos han estado variando sustancialmente por motivos tecnológicos en el mundo y en avance la internacionalidad será más cognitivo-productiva. Y ello será internacional.

Es, más bien, probable una trasnacionalidad más discriminativa o menos universal (en bloques) pero que igualmente sea productivamente suprafronteriza, alimentada por una tecnologización mundial que no podría nacionalizarse (el conocimiento es planetario) y en un escenario mundial con una geopolítica más compleja.

Pero ya Julián Marías recomendaba distinguir al poder de las potencias: el estado ejerce el poder y puede pretender sobrerregular, pero tiene hoy no muchas potencias (aptitud efectiva) para obturar la internacionalidad cognitivo-tecnológica-productiva.

Es cierto que el miedo detiene por un tiempo (aunque decía Tito Livio que siempre nos hace ver los peligros como mayores que lo que en verdad son) pero ese miedo forma parte de la naturaleza, y la naturaleza humana tiende a la ampliación de los espacios. Y conviene distinguir diferencias entre sucesos y procesos: un suceso puede alterar, pero no necesariamente detener un proceso. ¿Podría acaso un virus matar la energía moral que movió a Marco Polo, John Midnall, Henry Ford, Bill Gates, Carlos Slim, Amancio Ortega o Jeff Bezos?

¿Que requiere entonces el Mercosur? (lo que es lo mismo que preguntarse qué requiere Argentina). Probablemente una modernización local para acomodarse en una economía más ordenada, más inteligente e internacional; elegir socios en el planeta y activar vínculos con ellos y mejorar para ello la matriz institucional para alentar comportamientos de actores económicos guiados hacia el futuro.

Si hiciéramos lo opuesto estaríamos ante un autonomismo que pretendería mantener el statu quo y ese statu quo en Argentina no es muy defendible. Al contario, definir con quienes progresar es mejor que elegir permanecer golpeado aunque sin interferencias.

Hace unos años Enrique Valiente Noailles denunciaba en Argentina una virosidad entrópica. Si esa virosidad pervive podría hacernos confundir una mutación de la globalidad (en marcha) con su hipotética muerte (mucho menos probable). Y podría hacernos creer que un tropezón (que siempre los hay) supone una reversión en lugar de un aprendizaje.

Anselm Grun dice que cuanto más uno quiere asegurarse, más inseguro se siente y, al final, termina sin querer arriesgar nada; lo que lleva a la congelación y a un estado del que solo podremos salir atreviéndonos finalmente a lo que debimos hacer antes.

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