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La Ronda Doha: una promesa incumplida

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Alieto Guadagni, El Cronista, 18 de febrero de 2011

Tengamos presente que hoy China es el primer exportador y el segundo importador mundial...

Hasta ahora la Ronda Doha ha sido una desilusión para quienes creían que se podía avanzar por el camino de un ordenamiento jurídico multilateral que sea eficaz para promover la expansión del comercio mundial, y al mismo tiempo eliminar las barreras y trabas que obstaculizan las exportaciones, particularmente de los países emergentes que son eficientes productores agroindustriales.

Nunca el comercio internacional fue tan importante como ahora, en 1960 solamente una persona cada cinco en el mundo vivía en naciones integradas al comercio mundial, mientras que hoy son más de nueve cada diez. Hace ya diez años que comenzó la negociación en el ámbito de la Organización Mundial de Comercio, para definir nuevas reglas multilaterales aplicables al comercio internacional.

Esta negociación fue bautizada como la Ronda del Desarrollo, pensando que podía ser una contribución efectiva al progreso de los países en desarrollo, muchos de los cuales tienen claras ventajas comparativas en la producción agropecuaria. Es lamentable que en una década no se haya podido llegar a un acuerdo aceptable tanto para las naciones emergentes, como para los países industrializados, en una evidencia más de la ausencia de liderazgos aceptados y reconocidos en el mundo globalizado. Destaquemos que algo similar está ocurriendo en las prolongadas negociaciones acerca del cambio climático, donde en reuniones tras reuniones de Naciones Unidas (Copenhague en el 2009 y Cancún en el 2010), no se registran avances ni importantes ni concretos. Es cierto que en el comercio internacional, las cosas son hoy muy diferentes que las vigentes cuando se discutió en la década del noventa la Ronda Uruguay, que por vez primera incorporo disciplinas multilaterales para liberalizar el comercio internacional agrícola. Recordemos que desde fines de la Segunda Guerra Mundial la actividad agrícola mundial viene siendo groseramente distorsionada por los países industrializados con subsidios a sus producciones y exportaciones, distorsiones además incrementadas con trabas a las importaciones. Hasta la Ronda Uruguay el comercio internacional agrícola estuvo fuera de las liberalizaciones del GATT. Por esta razón estas distorsiones pudieron ser reforzadas, a lo largo de medio siglo, por trabas proteccionistas (altos aranceles y mínimas cuotas de importación).

Nada de esto lamentablemente cambio mucho, pero lo que si cambio es la percepción imperante en los países sudamericanos que son eficientes productores agropecuarios, como Brasil, Paraguay, Uruguay y Argentina; este cambio vino de la mano de la irrupción de grandes naciones emergentes, que con su creciente demanda por alimentos desviaron la atención de los productores del Mercosur, que hoy están más pendientes de lo que pasa en China que lo que los franceses puedan imaginar para trabar aun mas las controladas importaciones agroindustriales de la Unión Europea. Tengamos presente que hoy China es el primer exportador y el segundo importador mundial; además, si el consumo de las naciones emergentes crece al triple que el de las antiguas naciones industrializadas, aumentara año a año su importancia en el comercio internacional.

En un reciente informe, preparado para la OMC por Jagdish Bhagwati y Peter Sutherland, se sugiere fijar una fecha límite inamovible para concluir esta ya prolongada Ronda Doha; la fecha seria el 31 de diciembre de este año. El principal argumento para finalizar y cerrar ya este año estas negociaciones multilaterales, es la conveniencia de tener un acuerdo en el ámbito de la OMC que signifique un seguro legal contra la amenaza de futuro proteccionismo. Este argumento se basa en el hecho que existe hoy abundante agua en las tarifas aduaneras de los países, entendiendo por agua la diferencia entre un valor arancelario alto consolidado en la Ronda Uruguay y las tarifas efectivamente aplicadas por las naciones.

En este sentido se argumenta que cerrar ya las negociaciones permitiría reducir sustancialmente, con reducido costo político, estas altas tarifas aduaneras consolidadas, eliminando así el riesgo que, impulsadas por los riesgos de las crisis globales, las naciones opten por superar estas crisis recurriendo a la antigua y perniciosa practica del cierre de las importaciones con cupos cuantitativos o mayores aranceles. También existe considerable agua en los subsidios agrícolas de Estados Unidos y la Unión Europea.

La conclusión de las negociaciones podría poner coto a eventuales excesos futuros en los subsidios agrícolas europeos, ya que significaría que la reforma del 2003 de la Política Agrícola Común sea irreversible; al mismo tiempo se pondría límite a excesos eventuales en el futuro en los subsidios en los Estados Unidos. Desde ya que concluir las negociaciones también significaría terminar de una vez con la perniciosa política europea de subsidiar sus exportaciones agrícolas, empobreciendo así a países en desarrollo que son eficientes productores.

Un acuerdo equilibrado implicaría también la reducción de aranceles consolidados (por encima de los vigentes efectivamente) a las importaciones, tanto de bienes industrializados como también de productos agrícolas, que hoy aplican muchos países en desarrollo. Esta coyuntura internacional de altos precios para los bienes agropecuarios facilita enormemente la negociación política entre los estados en el ámbito de la OMC. Pero con esto no alcanza, hace falta un verdadero liderazgo por parte de los gobiernos de las naciones, particularmente de las que más gravitan en la esfera internacional.

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